Del goce y del deseo
Eolo es el dios del viento que simboliza el deseo
Lacan propuso el concepto de goce que vendría a unificar esos dos principios sugiriendo que el sujeto siempre goza, que sería este el funcionamiento básico de la vida, que el sujeto siempre goza, que es la condición del ser viviente. Y que el goce puede ser consciente y placentero, pero también inconsciente y acarrear el sufrimiento.
Esto explica por qué perduran los síntomas que nos hacen sufrir. Porque hay un goce inconsciente, un enganche a ese procedimiento que nos causa dolor, o pesar, pero que está fijado por un modo de operar del incosnciente que lo repite. Es lo que explica la repetición que se produce en tantos órdenes en la vida del sujeto: nos parece evidente repetir en lo que causa placer, pero resulta más extraño a la subjetividad admitir que también se repite en lo que causa displacer. El sujeto piensa que no es responsable del síntoma que causa su desgracia, que eso le viene de otro lugar. Pero ese Otro lugar es lo que llamamos inconsciente y determina nuestra vida.
La Humanidad siempre ha colocado ahí el castigo divino, o todo tipo de supersticiones, dando al síntoma la significación de algo exterior que nos domina. La revolución copernicana que opera el psicoanálisis es considerar que todo lo que nos pasa tiene en el inconsciente su fundamento.
Al nacer, el ser viviente es un cuerpo gozante, no hay más que obsevar a un bebé. El camino para hacerse un sujeto es ubicarse, entrar en el lenguaje. Pasar a ser no sólo un cuerpo, sino "Fulano", y para eso es preciso que haya una pérdida de goce, un vaciamiento en sus modos de gozar (separación del seno materno, educación de esfínteres... )que dejará una incompletud en el ser vivo que es un niño (es lo que se llama la "castración", que Freud ilustró con el complejo de Edipo). En ese vacío podrá surgir el sujeto, el ser hablante. Así se constituirá el inconsciente, con las marcas de lo vivido. Y vivirá siempre con esa falta de completud, de satisfacción total y permanente, que le llevará a una búqueda constante de los objetos de los que espera el goce anhelado. Esa búsqueda es el deseo. Lo que nos mueve, determina, empuja en los empeños de nuestra vida.
Como el objeto que se busca tiene como referencia el objeto perdido, siempre encontramos aquél que tiene su huella, pero que nunca será el mismo: para llegar a ser sujetos hablantes habrá que poder perderlo definitivamente.
En el goce vivimos mientras vivimos, pero sufriendo cuando acarrea un exceso. Con el objeto imaginamos, soñamos, lo perseguimos, y alcanzamos, a veces, la dicha, los momentos de felicidad. Pero, por la estructura del ser hablante, el objeto caduca, y el deseo relanza su búsqueda aunque sabe que nunca lo hallará del todo. Pero irá escribiendo su historia.
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